- Solo dime, dime cuánto cuesta. Todo tiene su precio, no seas ingenua. Solo dime, necesito saberlo.
- No lo sé ni me interesa, si quisieras ponerle precio, adelante. No podría vender algo que ya no me pertenece. ¿Un precio? no lo sé, nunca me interesó saberlo tampoco.
- ¿Cómo es que ya no te pertenece? ¿Cómo es posible que no lo sepas? Es que no lo entiendo, y aparentemente vos tampoco a mí. Yo lo quiero, lo necesito... solo dime cuanto es que cuesta.
- Si lo supiera no serviría de nada que te lo dijera. Y en algo coincidimos, yo no te estoy entendiendo, pero tampoco creas que lo deseo.
- Esto parece una gran pesadilla. Tu crueldad no tiene límites. Te estoy ofreciendo un buen trato, no sé qué más podrías querer a cambio. Al menos mienteme, lo único que quiero en este momento, lo tenés vos.
- Ay mi niñito tonto. Yo no lo tengo, vos jamás lo tendrás. Y quien lo tiene, creo que lo dejó olvidado en algún rincón. No se puede comprar, se gana... curiosa cuestión. Así de injusto es esto del amor.
sábado, noviembre 24, 2007
A decir verdad, no tenía nada de especial. No podía imaginar un vuelco imaginativo que sirviera de escape (aunque fuera momentaneo) de esa estúpida y aburrida charla. Sus manos no tenían nada de especial, tal vez estaban un poco más pegajosas por la humedad pero eso era todo. Ni siquiera podía decir que esta vez, su café era interesante, ni que pequeños y hasta diminutos monstruos se escondían en su paquete de cigarrillos.
No tenía nada de interesante esos ojos vacíos que se ubicaban en frente de él, pestañando, sonriendo, sumergidos en quien sabe cual realidad. No había ni una pizca de belleza en su pelo, ni sus mejillas, ni la forma de mover las manos al hablar, ni siquiera esa sonrisa que persistía aún, cuando él era incapaz de emitir sonido.
No, no tenía nada de especial que ella fuera una racista-superficial disfrazada detrás de la imagen impactante que proyectaba el crucifijo que colgaba de su cuello. Al menos no este día. Ella no tenía nada de especial. La situación no era ni en lo más mínimo interesante. Estas custiones cotidianas no eran extraídas de mundos fantasiosos a los que se podría asistir libremente.
No, a decir verdad, ser tan anormal, no tenía nada de especial.
No tenía nada de interesante esos ojos vacíos que se ubicaban en frente de él, pestañando, sonriendo, sumergidos en quien sabe cual realidad. No había ni una pizca de belleza en su pelo, ni sus mejillas, ni la forma de mover las manos al hablar, ni siquiera esa sonrisa que persistía aún, cuando él era incapaz de emitir sonido.
No, no tenía nada de especial que ella fuera una racista-superficial disfrazada detrás de la imagen impactante que proyectaba el crucifijo que colgaba de su cuello. Al menos no este día. Ella no tenía nada de especial. La situación no era ni en lo más mínimo interesante. Estas custiones cotidianas no eran extraídas de mundos fantasiosos a los que se podría asistir libremente.
No, a decir verdad, ser tan anormal, no tenía nada de especial.
viernes, noviembre 16, 2007
Olor a libro
Estaba sentada en el piso. Sinceramente había sido un día duro, largo y horriblemente rutinario. Estaba demasiado cansada, y demasiado asqueada de sentirme triste y sola. De sentir que la mayor compañía que podía lograr era la de una radio que apenas sintonizaba alguna que otra f.m.
Llovía, hacía frío, y eso fue motivo suficiente para tirar mi día a la basura e internarme en aquella librería de la calle Santa Fe que tanto adoraba. Dejé mi bolso a un lado, me senté en el suelo, me pasé la mano por la cara empapada y tomé un par de libros. No tenía plata a decir verdad, y tampoco intenciones de llevar ninguno a casa. Bueno, intenciones sí, posibilidades no.
Estaba sumergida en una burbuja, dentro de un torbellino. Si estiraba lo suficiente las manos podría tocar todas aquellas cosas que me atormentaban día y noche. Las angustias en su máxima expresión. La terrible e irremediable idea de ser. Recorrí las páginas, sentí el aroma a libro, a historia, a poema, a un mundo que no era igual al mío. Aquella burbuja podía permanecer intacta en ese preciso instante.
Me agoviaban las costumbres, las obligaciones. Los grandes amores, los pequeños. Aquella cuestión de volverse un ermitaño sin tener la posibilidad de hacer algo al respecto. Una vez que uno comienza a cuestionarse el por qué de las cosas abre una puerta de insomnio y preocupaciones imposible de cerrar. Supongo que eran esas cuestiones las que no lo dejaban dormir de noche. Supongo que son esas cuestiones las que habitan mi cabeza a todo momento. Pero ese aroma irresistible, esa fuerza de gravedad tan hermosa...
Hay mentiras que uno realmente quiere creer... se venden en oferta y por todos lados. Una de ellas es aquella cuestión del vivieron felices por siempre... que los autores se encargan de despiezar, de romper, de convertirla en una triste verdad. Es cierto, si uno es suficientemente humano, llega a enamorarse... y si uno realmente tiene suerte, llega a enamorarse profundamente. Y si todo lo anterior sucede en esta realidad, será solo un momento fugaz, y antes de cualquiera pueda darse cuenta, uno se queda repleto de recuerdos, tontas anécdotas, y un vacío en el costado de la cama que pasará un largo tiempo tratando de "rellenar". La cuestión es que, esas cosas dejan marcas, y aquellas marcas, si uno verdaderamente y realmente llego a enamorarse profundamente y aquello como es de esperar duro un momento que podríamos llamar fugaz, quedaran por siempre ahí. Para molestar, para que de vez en cuando uno recuerde por qué es que está tan amargado con la vida. Y eso es lo que deliciosamente los libros dicen. Por que es mentira que no opinan. Lo hacen, y fuertemente. Solo algunos pueden descubrir cuál es la verdadera opinión de las cosas.
A estas alturas y después de tanto pensar, y dar vueltas sobre el asunto, una mano rompió mi burbuja. Una mano con olor a libro. Una mano con callos de escritor principiante. Una mano con marca de cigarrillos. No fue importante el comentario, ni el libro que timidamente me entregó, ni siquiera podría decir que recuerdo su color de ojos o expresión. Lo importante fue su mano, con sus marcas, para que todo el mundo las vea, y su aroma a libro.
Llovía, hacía frío, y eso fue motivo suficiente para tirar mi día a la basura e internarme en aquella librería de la calle Santa Fe que tanto adoraba. Dejé mi bolso a un lado, me senté en el suelo, me pasé la mano por la cara empapada y tomé un par de libros. No tenía plata a decir verdad, y tampoco intenciones de llevar ninguno a casa. Bueno, intenciones sí, posibilidades no.
Estaba sumergida en una burbuja, dentro de un torbellino. Si estiraba lo suficiente las manos podría tocar todas aquellas cosas que me atormentaban día y noche. Las angustias en su máxima expresión. La terrible e irremediable idea de ser. Recorrí las páginas, sentí el aroma a libro, a historia, a poema, a un mundo que no era igual al mío. Aquella burbuja podía permanecer intacta en ese preciso instante.
Me agoviaban las costumbres, las obligaciones. Los grandes amores, los pequeños. Aquella cuestión de volverse un ermitaño sin tener la posibilidad de hacer algo al respecto. Una vez que uno comienza a cuestionarse el por qué de las cosas abre una puerta de insomnio y preocupaciones imposible de cerrar. Supongo que eran esas cuestiones las que no lo dejaban dormir de noche. Supongo que son esas cuestiones las que habitan mi cabeza a todo momento. Pero ese aroma irresistible, esa fuerza de gravedad tan hermosa...
Hay mentiras que uno realmente quiere creer... se venden en oferta y por todos lados. Una de ellas es aquella cuestión del vivieron felices por siempre... que los autores se encargan de despiezar, de romper, de convertirla en una triste verdad. Es cierto, si uno es suficientemente humano, llega a enamorarse... y si uno realmente tiene suerte, llega a enamorarse profundamente. Y si todo lo anterior sucede en esta realidad, será solo un momento fugaz, y antes de cualquiera pueda darse cuenta, uno se queda repleto de recuerdos, tontas anécdotas, y un vacío en el costado de la cama que pasará un largo tiempo tratando de "rellenar". La cuestión es que, esas cosas dejan marcas, y aquellas marcas, si uno verdaderamente y realmente llego a enamorarse profundamente y aquello como es de esperar duro un momento que podríamos llamar fugaz, quedaran por siempre ahí. Para molestar, para que de vez en cuando uno recuerde por qué es que está tan amargado con la vida. Y eso es lo que deliciosamente los libros dicen. Por que es mentira que no opinan. Lo hacen, y fuertemente. Solo algunos pueden descubrir cuál es la verdadera opinión de las cosas.
A estas alturas y después de tanto pensar, y dar vueltas sobre el asunto, una mano rompió mi burbuja. Una mano con olor a libro. Una mano con callos de escritor principiante. Una mano con marca de cigarrillos. No fue importante el comentario, ni el libro que timidamente me entregó, ni siquiera podría decir que recuerdo su color de ojos o expresión. Lo importante fue su mano, con sus marcas, para que todo el mundo las vea, y su aroma a libro.
lunes, noviembre 12, 2007
Creer en nada
Un hombre ya cansado, con todas las vivencias acumuladas sobre sus espaldas, se pregunta ; "¿realmente sirvió para algo?".
Tuvo un gran amor. Solo un gran amor. Y no sirvió de mucho; se llevó sus mejores cosas y un día desapareció. Tiró los buenos momentos a la basura, como si nunca se hubieran conocido. Lo traicionó, hizo exactamente todas aquellas cosas que terminan destruyendo a una persona. Lo único que le dejó fue un amargo sabor en la boca.
Vivió su vida a los extremos. Probó sensaciones, jamás tuvo arrepentimientos. Viajó por donde quiso, hizo las cosas que quiso en el exacto momento en el que las deseó. Tuvo mujeres, libertad, nunca tuvo un mango. Leyó hasta enfermarse; libros usados, nuevos, rotos, reliquias, eran los que lo acompañaban en cada mudanza.
Jamás tuvo responsabilidades, ni siquiera con él mismo. Nunca midió consecuencias, nunca se privó de absolutamente nada.
Y ahora, que ya vivió todo lo que ha vivido, que se encuentra solo y paranoico, se pregunta si realmente valió la pena, para resultar ser nada más que un hombre cansado.
Tuvo un gran amor. Solo un gran amor. Y no sirvió de mucho; se llevó sus mejores cosas y un día desapareció. Tiró los buenos momentos a la basura, como si nunca se hubieran conocido. Lo traicionó, hizo exactamente todas aquellas cosas que terminan destruyendo a una persona. Lo único que le dejó fue un amargo sabor en la boca.
Vivió su vida a los extremos. Probó sensaciones, jamás tuvo arrepentimientos. Viajó por donde quiso, hizo las cosas que quiso en el exacto momento en el que las deseó. Tuvo mujeres, libertad, nunca tuvo un mango. Leyó hasta enfermarse; libros usados, nuevos, rotos, reliquias, eran los que lo acompañaban en cada mudanza.
Jamás tuvo responsabilidades, ni siquiera con él mismo. Nunca midió consecuencias, nunca se privó de absolutamente nada.
Y ahora, que ya vivió todo lo que ha vivido, que se encuentra solo y paranoico, se pregunta si realmente valió la pena, para resultar ser nada más que un hombre cansado.
miércoles, noviembre 07, 2007
sábado, noviembre 03, 2007
"Es como hipnotizante; uno se sienta y de pronto deja de escucharla". Levanté la cabeza sorprendida, aunque no lo miré "¿Exactamente qué?" él siguió con su monologo, los ojos fijos bien abiertos... "tal vez sea la falta de sueño que te da esa clase de poderes, no lo sé muy bien. También se me ocurrió que he llegado a una dominación de mi mismo en la que ya puedo elegir qué deseo escuchar y qué no, aunque eso sería totalmente fascinante" Hizo un silencio prolongado en el que aproveché para cerrar mi libro y acercarme, se me ocurrió que de esta manera obtendría su misma visual, y así comprender algo de ese discurso monótono y reflexivo que mantenía con su persona, aunque en voz alta.
Por supuesto no logré ver absolutamene nada; ni seres espectaculares, ni alucinaciones, ni nada parecido, por lo tanto con voz muy decidida, aunque con un poco de temor por dentro, pregunté "¿qué es exactamente lo que ya no escuchas?" "Bueno Aires; por fin he dejado de escucharla"
Por supuesto no logré ver absolutamene nada; ni seres espectaculares, ni alucinaciones, ni nada parecido, por lo tanto con voz muy decidida, aunque con un poco de temor por dentro, pregunté "¿qué es exactamente lo que ya no escuchas?" "Bueno Aires; por fin he dejado de escucharla"
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