De vez en cuando una imagen desvanecida se arrodilla a los pies de mi cama y me besa los pies. Yo no la miro, no me hace falta. Siento el dulce dolor recorrer mis extremidades, pero no me quejo, no lloro. Me quedo inmóvil mirando el techo y de dos en tres cierro los párpados con fuerza.
El cuarto está en penumbras, y lo recorre un aire espeso. Aquella imagen sigue arrodillada a mis pies, pero no puedo mirarla. Ella me besa los pies, y yo sufro, en silencio, estirando mis brazos para alcanzar algo que me libere, y no lo encuentro. Mi cama se convirtió en una isla, desértica, abandonada. Y yo en ella.
No puedo mirarla. No con este dolor.
miércoles, marzo 19, 2008
martes, marzo 11, 2008
viernes, marzo 07, 2008
Cosa de locos
Llueve, sale el sol, de repente alerta de tornado, y pacíficamente vuelven las nubes y el sol, pero sin tornado. Si, es algo poco previsible, es hasta algo irónico, y realmente al principio no sabía si debía comprarme un paraguas, un sweater, o quedarme en casa y morir de inanición.
Opté por quedarme en casa (pero sin morir, todavía no soy tan trágica), encerrada entre los libros de matemática y tres millones de cuentas en la cabeza que es igual a la sumatoria de todas las preocupaciones multiplicado los dolores de cabeza dividido los tres fracasos anteriores. Miraba la ventana, tratando descifrar que pasaría después, cuando mi teléfono sonó. No me inmuté mucho, por que mi teléfono rara vez suena. O tal vez por que cuando suena es para preguntar si el señor xxx se encuentra en casa. Respondo con amabilidad, salvo a aquella persona a quien le corté violentamente luego de la quinta llamada y sus intentos de explicarme que era amiga de la señora, que se habían conocido allá por los años... 20? tal vez. N-O-L-O-C-O-N-O-Z-C-O. Y corté. Pero seguió sonando, por lo que me levanté, muy desganada, y levanté el tubo. No, nadie contestó. Se escuchó el ruido de la calle, una voz muy masculina, pero nadie contestó. Esperé unos minutos y colgué. No sé por que razón se me congeló el corazón. Me quedé parada un par de minutos al lado del teléfono, pero nadie volvió a llamar. Detrás mío comenzaba el diluvio de vuelta.
Opté por quedarme en casa (pero sin morir, todavía no soy tan trágica), encerrada entre los libros de matemática y tres millones de cuentas en la cabeza que es igual a la sumatoria de todas las preocupaciones multiplicado los dolores de cabeza dividido los tres fracasos anteriores. Miraba la ventana, tratando descifrar que pasaría después, cuando mi teléfono sonó. No me inmuté mucho, por que mi teléfono rara vez suena. O tal vez por que cuando suena es para preguntar si el señor xxx se encuentra en casa. Respondo con amabilidad, salvo a aquella persona a quien le corté violentamente luego de la quinta llamada y sus intentos de explicarme que era amiga de la señora, que se habían conocido allá por los años... 20? tal vez. N-O-L-O-C-O-N-O-Z-C-O. Y corté. Pero seguió sonando, por lo que me levanté, muy desganada, y levanté el tubo. No, nadie contestó. Se escuchó el ruido de la calle, una voz muy masculina, pero nadie contestó. Esperé unos minutos y colgué. No sé por que razón se me congeló el corazón. Me quedé parada un par de minutos al lado del teléfono, pero nadie volvió a llamar. Detrás mío comenzaba el diluvio de vuelta.
lunes, marzo 03, 2008
Lo aterrador de continuar despierta a estas horas, es que uno cree tener la claridad suficiente para armar el discurso que le diría a aquellas personas con las cuales las cosas quedaron inconclusas. Y en la mente de uno siempre funcionan, y el otro no interrumpe, u opina de la misma manera. Y siempre, pero siempre, son cuestiones importantisimas que suelen disiparse con el primer sorbo de café de la mañana.
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