Con el primer sorbo de café de la mañana, aquella frase resultaba matadora. Miré por la ventana, ese frío y horriblemente gris amanecer. Entrecerré los ojos, dejé que mis pies desnudos se congelaran todo el tiempo que los acordes necesitaran. Tantas imagenes cruzaron mi cabeza. Tantas imagenes que sepulté por tanto tiempo.
El mundo no se detuvo, ni siquiera 17 minutos. Las cosas no dejaron de suceder, la gente no dejó de odiarse. Ni siquiera para dejarse atravesar. Ni siquiera. Tanto tiempo había pasado, aunque creo que ya nadie llevaba la cuenta. Tanto habían cambiado las cosas, sin pensarlas, sin quererlas.
Demasiado quise, demasiado amé. Apenas 22 años, y tanto amor derroché ya. Me sentí afortunada ... ironicamente tanto tiempo me había sentido desdichada. Sentí un mórbido placer al saber que aquella canción aún producía un efecto en mí. No le temí a mis fantasmas. No miré por sobre mi hombro. Ellos no estaban más allí.
Sonreí de lado. Shine on you, crazy diamond.
martes, agosto 26, 2008
martes, agosto 19, 2008
big mistake
He vivido toda mi vida equivocada.
Qué terrible y triste descubrimiento. Sentada en aquella plaza, muerta de frío, sin monedas, esperando algo, de alguien, de la vida, o tal vez ya no esperaba nada y solo necesitaba una excusa para perder el tiempo. Fue cuando lo sentí; ese golpe en la boca del estómago, ese frío que recorre la espalda como un latigazo inoportuno. Lo sentí. Cómo abría mis heridas lentamente, cómo despedazaba mi cabeza con impaciente morbosidad. Había vivido toda mi vida equivocada. Qué desperdicio.
Entonces descubrí por qué no puedo dormir en paz, nunca, pero nunca. Se me ocurrió que tal vez absolutamente todos mis arranques de ira repentinos eran una alarma impertinente que yo insistí en no escuchar, en pasar de largo. Vi caer ante mis ojos todas esas estúpidas paredes que tanto me costó construír.
Y allí estaba; desnuda, sin prejuicios, sin rencores, sin heridas en el alma. Con los ojos puros, sin respetar ni contradecir, sin mundo alrededor. Sin nada. Allí estaba y era finalmente yo.
Qué terrible y triste descubrimiento. Sentada en aquella plaza, muerta de frío, sin monedas, esperando algo, de alguien, de la vida, o tal vez ya no esperaba nada y solo necesitaba una excusa para perder el tiempo. Fue cuando lo sentí; ese golpe en la boca del estómago, ese frío que recorre la espalda como un latigazo inoportuno. Lo sentí. Cómo abría mis heridas lentamente, cómo despedazaba mi cabeza con impaciente morbosidad. Había vivido toda mi vida equivocada. Qué desperdicio.
Entonces descubrí por qué no puedo dormir en paz, nunca, pero nunca. Se me ocurrió que tal vez absolutamente todos mis arranques de ira repentinos eran una alarma impertinente que yo insistí en no escuchar, en pasar de largo. Vi caer ante mis ojos todas esas estúpidas paredes que tanto me costó construír.
Y allí estaba; desnuda, sin prejuicios, sin rencores, sin heridas en el alma. Con los ojos puros, sin respetar ni contradecir, sin mundo alrededor. Sin nada. Allí estaba y era finalmente yo.
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