He vivido toda mi vida equivocada.
Qué terrible y triste descubrimiento. Sentada en aquella plaza, muerta de frío, sin monedas, esperando algo, de alguien, de la vida, o tal vez ya no esperaba nada y solo necesitaba una excusa para perder el tiempo. Fue cuando lo sentí; ese golpe en la boca del estómago, ese frío que recorre la espalda como un latigazo inoportuno. Lo sentí. Cómo abría mis heridas lentamente, cómo despedazaba mi cabeza con impaciente morbosidad. Había vivido toda mi vida equivocada. Qué desperdicio.
Entonces descubrí por qué no puedo dormir en paz, nunca, pero nunca. Se me ocurrió que tal vez absolutamente todos mis arranques de ira repentinos eran una alarma impertinente que yo insistí en no escuchar, en pasar de largo. Vi caer ante mis ojos todas esas estúpidas paredes que tanto me costó construír.
Y allí estaba; desnuda, sin prejuicios, sin rencores, sin heridas en el alma. Con los ojos puros, sin respetar ni contradecir, sin mundo alrededor. Sin nada. Allí estaba y era finalmente yo.
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