miércoles, marzo 19, 2008

De vez en cuando una imagen desvanecida se arrodilla a los pies de mi cama y me besa los pies. Yo no la miro, no me hace falta. Siento el dulce dolor recorrer mis extremidades, pero no me quejo, no lloro. Me quedo inmóvil mirando el techo y de dos en tres cierro los párpados con fuerza.
El cuarto está en penumbras, y lo recorre un aire espeso. Aquella imagen sigue arrodillada a mis pies, pero no puedo mirarla. Ella me besa los pies, y yo sufro, en silencio, estirando mis brazos para alcanzar algo que me libere, y no lo encuentro. Mi cama se convirtió en una isla, desértica, abandonada. Y yo en ella.
No puedo mirarla. No con este dolor.

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