Ella sueña que despierta. Que sus manos realmente pueden sentir todo aquello que antes solo rozaban. Imagina que puede gritar sin culpas, sin sentir el ardor de la calumnia ajena. Respira, una, dos... cuatro veces. Sueña que está viva, que no siente peso sobre sus hombros, ni responsabilidades indeseadas. Imagina que por fin sale de las tinieblas, para moverse en puntas de pie por un mundo tibio y aterciopelado.
Sueña, hasta que un golpe helado en la nuca le recuerda que sigue anestesiada.
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