Es una cerrada y húmeda noche porteña, solo para no saltear rutinas. No puedo salir de este torbellino de pensamientos, imágenes y sensaciones. La verdad es que cuando todo está en silencio y en esa penumbra tan espesa, maldigo mi suerte. Maldigo esta herida que sangra y no me deja dormir.
No poseo muchas cualidades de las cuales jactarme. Pero muy a pesar, siempre supe reconocer mi fidelidad hacia la gente que sin condiciones quise. Lealtad que no siempre me pagaron con la misma moneda; lealtad que me ha costado incontables lágrimas. Lealtad que en aquel momento me impidió gritarte con furia que era mi corazón aquello que estabas rompiendo en mil pedazos, que destrozabas a pasos lentos y agigantados a la vez.
Me pesa la tristeza en los ojos, es por eso que no levanto la mirada cuando escucho tu voz. Es por eso que me volví menos elocuente de lo que acostumbro ser. De repente necesité estar lejos. No haberte conocido. No haberlo conocido a él. No formar parte de toda esta ridícula historia. No ser merecedora de traiciones tan bajas que hasta me avergüenza reconocerlas.
Yo, que pensé que después de aquella cuestión, nada iba a detenerme, ni por un segundo. Que iba a alejarme de todas las cosas que me resultaban crueles con mi persona. Mi destino se encontraba a un centímetro, y eso me pareció una distancia tan corta. La oportunidad de dejar todo eso atrás, y empezar de cero; olvidarme de los tragos amargos, sonreír más a menudo, dejar pasar todas las tristezas que me apuñalaron el cuerpo entero.
Me pesa el alma, me pesan las ausencias y me pesas vos.
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