Hoy desarmé esa mesa. Esa mesa que yo misma armé en una noche de locura, impotencia, neurosis y mal humor. Hoy la desarmé, en una noche similar. Sentada en el piso y con odio. Y aunque la mesa no tuviera nada que ver con aquella cuestión, me pagó con creces cada una de mis frustraciones. Una por una.
Estoy de mal humor, enojada si se quiere con la vida. Con todas aquellas cosas que pensé que nunca cambiarían, y no solo cambiaron, sino que además, me golpearon deliberadamente en la cara cuando lo hicieron. Con esa debilidad de no rebelarme nunca, de dejar mi camino a un costado mientras me ocupaba de las cosas importantes, sin darme cuenta que nunca, pero nunca, hubo nada más importante que lo yo quisiera en ese momento. Me dejé quitar cosas, me dejé ganar por tantas situaciones. Puse la otra mejilla, y hasta la que no tenía. Dejé pasar oportunidades, tentaciones.
Siento que me dejé de lado, tirada a un costado, sin pensar, que una noche como hoy, iba a estar sola, sentada en el piso, con nada más que frustraciones desarmando una mesa que nada tenía que ver.
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