lunes, mayo 26, 2008

La madera crujía bajo la planta de mis pies. El cuarto en penumbras, y solo ese ruido penetrante que me helaba la sangre. Caminé en puntas de pies, sigilosamente, conteniendo la respiración de a ratos.
Era una noche particularmente fría, y digo particularmente por que este año a Buenos Aires parecía habersele olvidado el Otoño. Ya era tarde, y mañana había obligaciones que cumplir, sumirse tristemente en una rutina insoportable.
Con las puntas de los dedos rozaba la pared, en un intento de mantener el equilibrio mientras me acercaba a la puerta de entrada. Todas las noches escuchaba ese ruido que me atormentaba, pero nunca me había molestado en levantarme, a ver, a chequear que en este diminuto universo no pasara nada, que pudiera dar vuelta la cara y dormir como si el mundo se detuviera las horas necesarias. Me limitaba a apretar fuerte el alcolchado y divagar por submundos de mi imaginación.
Pero esta noche era distinto, mi cabeza no lo soportaba más. Mi curiosidad me carcomía los huesos, y por eso me levanté. Llegué a la puerta y vi para mi asombro luz que entraba por el diminuto espacio que dejaba mi puerta en su parte inferior. Me detuve un segundo, me daba pánico mirar para afuera. Me daba pánico por que estaba descalza, por estaba sola, por que estaba en puntas de pies con una remera y congelandome. Medité dos segundos y me dejé caer sobre la puerta, apoyando solo las palmas de mis manos para evitar el ruido. Miré. Se veía la escalera, y allí una sombra parada, tal vez esperando que alguien se asomara para verla. Inmóvil, quieta, sin hacer ruido.
Miré a pesar de mi propia voluntad, lo único que quería era controlar que la puerta estuviera bien cerrada y regresar a mi cama, a esconder mis pies, y a sumergirme en otra cuestión, pero no podía separarme de esa puerta, no podía dejar de ver.
La sombra de repente se hizo real, y esos ojos se clavaron en los míos, o al menos así lo sentí yo, aunque fuera poco probable que pudiera verme a través de una puerta. Se clavaron con odio, con el mismo odio que una persona le dedica a otra cuando se está metiendo en cuestiones personales, en cuestiones que uno solo quiere guardar para si.
Me separé de la puerta, el corazón me latía a toda velocidad. Por debajo de la puerta vi la sombra que se acercaba a ella y las plantas de mis pies se apoyaron con toda firmeza en la madera que crujió aún más.
No tocó la puerta, yo volví corriendo a mi cama, y no volví a abandonarla.
De vez en cuando, por las noches cuando el ruido aparece y el insomnio me atraviesa, veo su sombra merodeando mi puerta.

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