Me siento diminuta. Pequeñisima. Al borde de la desaparición por completo.
Siempre me tocó el papel de racional. De saber elegir las palabras sabiamente, para que en algún momento, algún corazón, que jamás sería el mio, se sintiera aliviado. Para hacer llover luego de un fuego tan feroz.
Le sonreí tan ampliamente. "Calmate" le pedí ofreciendole un vaso de agua. Sus palabras sonaron como constantes dagas a mis oídos. A pesar de todo aquello, a pesar que ella despedazaba con manos temblorosas jirones de mi alma, no perdí la sonrisa. No perdí los estribos ni por un segundo.
Se fue, feliz. Seguramente esta noche, él también lo este. Y al cerrar la puerta, este corazón estalló en mil pedazos. La verdad es que no tuve consuelo. Todos los fantasmas que me costó tanto eliminar de mi cabeza se regocijaron con el sonido de sus palabras. Mis parpados se cayeron, el silencio me recordó por cada milésima de mi cuerpo, aquel dolor que juré jamás volver a sentir.
Cigarrillo en mano, recostada sobre la ventana de aquel escueto balcón, le rogué a la tormenta; "si acaso hay un plan después de esto, sería hora que aparezca". Cerré los ojos. Qué insoportable y conocido dolor.
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