lunes, enero 25, 2010

Cousin

Sentados en esa sala, antes mía, ahora suya... En esas noches que tanto me gustan; cerveza, música, y de por medio, una gran charla... de esas que te dejan la cabeza dando vueltas sobre tantas cuestiones. En ese escenario descubrí la increíble persona que tenía en frente.
Y me maravillé, de poder hablar con él cosas que no es fácil hablar ni siquiera con uno mismo. De poder ser yo misma sin miedo a que me esté juzgando de una manera u otra.
Lo admiré, con admiración sincera. Tal vez no sepa que quiere de su vida. Tal vez nunca lo llegue a saber. A veces me pregunto si en algún momento dejará atrás aquellas cosas que lo marean, y muy a su manera lo vuelven loco. Si tendrá la necesidad alguna vez, de levantarse en la misma cama dos veces.
Me gustó su curiosidad por las cosas, por la vida de la gente que lo rodea. Ese interés genuino que solo alguien con un corazón tan inmenso puede llegar a sentir. Esa risa amplia y limpia que inunda el lugar en dos segundos.
Sentí envidia de su persona; de haber tenido siempre el coraje de hacer lo que desea en el momento en que lo desea. De mirar atrás, y no tener grandes arrepentimientos. De ser una persona querible de principio a fin, con todos sus defectos, y todas sus virtudes incluidas.
A veces me pregunto si es posible que dos personas tan opuestas como él y yo, en un mundo tan cínico como este, se suban al mismo auto y recorran la ciudad entre risas, chistes, y anécdotas. Si es posible que semejante burbuja exista, incondicionalmente. Siempre.

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