sábado, octubre 03, 2009

Hay cosas, a veces sutiles y otras no tanto, que cuando uno está tirado en su cama, en penumbras con la música apenas perceptible y la guardia muy baja, lo golpean deliberadamente.
Nunca pensé que en una charla de sobremesa, en un restaurante que él odia sin remedios, iba a descubrir que está viejo. Que ambos estamos viejos. Que ibamos a tener una charla sobre los sueños y las ambiciones de la vida, y que le iba a confesar mi preocupación por la escasa habilidad de serme fiel a mi, y por sobre todas las cosas a mi. Esas charlas donde él no me ve como una nena, y me aconseja " lo más importante siempre, es ser feliz". Y en ese gesto, en esa sabiduría transmitida, iba a notar la veta del paso del tiempo. Iba a darme cuenta de sus canas, de que ese hombre, a pesar de ser una de las personas más duras que conozco, me ama como nadie me va a amar jamás. Y por supuesto yo a él.
Nunca me imagine, que las relaciones eran como muchos decían tan complicadas. Cuando los desencuentros, las torturas cotidianas, las obligaciones y demás cosas, hacen que uno no esté en los momentos indicados, o que aquellos momentos nunca sean los que uno cree.
Que mi hermano a pesar de la eterna guerra sin sentido que sostuvimos todo lo que recuerdo de vida iba a lamentar mi ausencia el día de su cumpleaños. O que mi hermana, con todo lo que supo ser en mi vida, hoy sea la persona que más extraño. Incluso cuando estamos codo a codo en la mesa de los domingos.
Nunca supuse que mis primos tenían miedo de no encontrar el amor. Que mis amigas tenían exactamente las mismas preocupaciones que yo de no llegar nunca a realizarse como personas. O que a pesar de todo, su ausencia no iba a terminar por matarme.
Son cosas que nunca me detuve a pensar, cosas que nunca vi venir. Pruebas de que el tiempo pasa, mientras uno está muy ocupado mirando para otro lado.

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