domingo, octubre 12, 2008

El calor persistente de la mañana aseguraba, y de manera intolerante, que el verano porteño se acercaba. Hice oídos sordos y salí, con mi soledad a cuestas, a conquistar aquella marea. No presté atención a las nubes, ni al sueño... tampoco me dejé envolver en el mal humor generalizado. Podría decirse que me deslicé casi sin pensarlo por todas aquellas horas. Tenía la cabeza repleta, a punto de estallar.
Caminé por esas calles que tan poco me gustan. Las disfruté, las recorrí, me burlé de ellas. Canté esa canción hasta el hartazgo. Nos encontramos pero como ya es costumbre no dijimos mucho. Cantamos la misma canción, nos reímos de las cosas implícitas que ya ninguna menciona. Tenía tantas ganas de seguirla, locas ganas de irme con ella, de dejar que mi cabeza se vaciara, se purgara de todas esas cosas que la ocupan sin sentido. Caminamos un rato bajo la lluvia, y a decir verdad, creo que no nos percatamos del hecho hasta notar las ropas húmedas... era inmensamente más importante y más urgente discutir sobre nuestras propias dudas existenciales.
Jamás puedo recordar nuestras charlas enteras, solo recuerdo sensaciones, conclusiones inmediatas. Se lo dije, le mencioné que me sentía enjaulada, y en aquel preciso instante fue como si alguien me sacara el aire. No podía respirar, no podía pensar, me estaba asfixiando delante de sus ojos. Ella rió, me explicó que las cosas son un poco más fáciles de lo que suelen parecer.
Planeamos un viaje a México, no importa la fecha... será cuando tengamos la plata justa y necesaria, y solo eso.
Y yo, que siempre me muero por seguirla. Que sueño con el día de ser tan libre como ella, o al menos de animarme a serlo, nunca puedo seguirle el paso.

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