“No soy quien creo que soy…” me susurró al oído y me dejo perpleja. Pero no dio más explicaciones que esa, y yo tampoco las pedí… así que fue la sentencia final. Después de todo ante semejante descubrimiento no hay explicaciones válidas. Seguimos caminando por la calle, y nos detuvimos nuevamente; “¿y entonces? ¿en quién crees que te convertiste?” Él no me miró y contesto molesto… “no lo sé, por los momentos voy dedicarme a disfrutar de esta incertidumbre”. Me pareció lo más adecuado, y no volvimos a tocar el tema.
Pero mi propia personalidad no estaba conforme con ello; uno no puede andar por la vida sin saber quién es o creyendo ser otro distinto al que fue hasta el momento. Hubo un silencio muy importante. Cuando se lo dije casi gritando y muy molesta unos cuantos días después, él me miro muy preocupado y se limitó a preguntarme “¿por qué?”. No tuve respuesta coherente… “por que no se puede y punto”. Seguimos caminado en silencio y nos despedimos.
Yo estaba decidida a hacerlo entrar en razones, y me informe y preparé toda una serie de respuestas por las cuales uno no puede abandonar su personalidad y convertirse en otro, aún más desconocido que el anterior por que un día se sintió insatisfecho. No no no. No va con las normativas que rigen a esta cuerda sociedad. “¿Y si a todos se nos diera por andar cambiando personalidades?, te imaginas el caos que sería?” “¿Por qué seríamos felices siendo por fin quien queremos ser?” “No, por que no nos conoceríamos en lo absoluto” “Ahora tampoco”.
El asunto me estaba exasperando. No es que yo fuera intolerante, pero tampoco era cuestión de dejarlo cometer un suicidio, un atentado a lo que es correcto. Insistí con el tema, pero sin obtener una respuesta satisfactoria… Hasta que un día reaccionó, ya harto de las acusaciones y dolido por mi escasa capacidad de entendimiento se dirigió a mi y suavemente me dijo… “si te hace feliz, volveré a ser quien era. Aún cuando no es lo que deseo, ni lo que me hace feliz… mi amor por vos, es mucho más grande.” Y me dedico una mirada inquisidora. En ese momento me sentí chiquita… y lo comprendí. No era un capricho… era un acto de valentía, de ejercicio plenamente responsable de su libertad… era animarse a ser feliz. Entonces lo miré y le dije “no, quiero que seas quien vos quieras ser… sino, no serías vos”.
1 comentario:
..."Para tener tu propia identidad tienes que ser tú mismo y para ser tú mismo tienes que ser otro"...
Publicar un comentario